50 años de mayo del 68. 25 de “Papá, cuéntame otra vez”.

ANA PARDO DE VERA

Papá, cuéntame otra vez que tras tanta barricada

Y tras tanto puño en alto y tanta sangre derramada

Al final de la partida no pudisteis hacer nada

Y bajo los adoquines no había arena de playa 

Alergia a las rosas rojas

Hay en la canción de los hermanos Serrano una rabia contenida y justa que empieza a empapar el siglo 21 y la llama a convertirse en el espoleador de la generación del Puedo, pese a a haber sido concebida en la generación del Quise y no pude, por un lado, y del Pude y no quise, por el otro. Hay en la estrofa que he elegido para encabezar este texto una dolorosa impotencia coagulada que llevamos dentro los hijos de la transición por no haber podido dotarnos aún de una Democracia con mayúsculas; imperfecta, como todas, pero consumada, como desearon, al menos, los/as de tanto puño en alto.

Nací en lo que llaman “los estertores premortem del franquismo”; mal llamados si una echa un vistazo a su alrededor en 2018. Digamos, pues y mejor, cuatro décadas después de esos “estertores”, que nací en plena reorganización de los restos del fascismo que torturó y masacró a España durante cuarenta años de régimen totalitario.

Mi casa -tan peculiar como la de otros/as, porque de puertas adentro, no hay dos familias iguales- fluctuaba entre el silencio y la prudencia de unas (mujeres y sabias), y reproches, maldiciones, felicitaciones, palmadas en la espalda y abrazos de otros; señores que entraban muy temprano y salían muy tarde del salón de invitados; riñas de mi tío abuelo para que no volviera a sentarme a comer (“Jamás delante de mí”) con una camiseta que encontré en el armario de mi madre, blanca con un puño sujetando una enorme rosa roja; Adolfo Suárez saludándonos en el albergue de Os Ancares (Lugo); canciones de la Revolución Cubana por la noche y ejemplares del ABC a mediodía, que traían familiares y amigos en sus visitas y que nadie abría, salvo para mirar las esquelas, o la radio nocturna de mi abuela materna escuchando en bucle mítines de Felipe González (mi abuela santa murió en 2007 con 93 años, felipista incondicional de aquel Felipe de la tortilla)

Una infancia tranquila en Lugo, donde los/as niños quedaban resguardados del furor político que se vivía entre adultos; una educación católica femenina (en absoluto feminista), donde no se cuestionaba nada, donde se rezaba bastante, se estudiaba piano y ballet y se sonreía la mayoría del tiempo, a pesar de llevar falda corta con calcetines ídem a diez grados bajo cero.

Fueron, sin embargo, los ejemplares de la revista Interviú, que mi padre almacenaba y escondía, los que me pusieron en guardia sobre ese mundo en el que me crié. Era muy pequeña, pero una alerta roja se encendió en mi cabeza y me obligó a cuestionar todo lo que me rodeaba para siempre.

– Mamá, ¿por qué sale el tío Joaquín en una revista que tiene papá en la mesilla?
– ¿El tío Joaquín?
– Sí, sí… mira…

En una de sus brillantes investigaciones (entonces y siempre), Interviú sacaba a mi tío abuelo como parte de una investigación en la que la Policía habría espiado para Manuel Fraga, ministro de Franco, entre 1976 y 1978. Mi tío tenía un uniforme “de jefe de policía”… Hasta ahí llegaba yo y ahí dejé a mi madre clavada al suelo durante unos segundos, antes de que cerrara la revista de golpe y me pidiera que no metiera las narices en su habitación y en las cosas de mi padre.

Mi desolación era enorme: con sus cosas -como la alergia a las rosas rojas-, el tío Joaquín nos adoraba a mí y a mis cuatro hermanos; siempre que estaba en Lugo, venía a buscarnos al colegio y gritaba de alegría al vernos salir, mientras nos abrazaba y nos llevaba a comprar caramelos; los domingos nos venía a buscar para ir a misa, a tomar el pulpo al bar Apolo y a comprar pasteles en Marisán, antes de irnos a comer todos a casa. ¿Qué pasaba con el tío Joaquín, que salía en las revistas de mayores como si fuera un malo de película?

El tiempo, la curiosidad y una rebeldía casi insana me fueron quitando la cómoda venda infantil de los ojos e inyectando el virus crónico de la desconfianza hacia el sistema, por muy amable que me resultara (como mi tío Joaquín). Cierto es que mis padres contribuyeron a ello, dándome libertad y mucha independencia desde los 18 años, cuando me fui a estudiar a Compostela. “Leed y leed”, era el mantra el casa.

Leí, estudié y observé. Empecé a escuchar a quienes clamaban contra los privilegios de una clase nacida tras la transición, donde los privilegios -salvo la monarquía- no eran exclusivamente cuestión de sangre y títulos (ésos ya se encargaba Juan Carlos de Borbón de regalarlos a sus fieles), sino de haber estado en el lugar adecuado durante los 40 años de dictadura o de apoyar a quienes lo estuvieron. ¿Cómo? Callando, otorgando y negándonos al resto del mundo la Historia real de España; escupiendo sobre la memoria y dignidad de los muertos y represaliados/as del fascismo de Franco, vetando el descanso de sus familias,…

Pude entender y entiendo la transición y las cesiones a los de Franco para poner fin a la dictadura, aunque no puedo abarcar el dolor y la humillación de quienes cedieron y amnistiaron; tampoco la resistencia a cambiar más cosas que esto les provocó con el paso de los años.

Pero no puedo comprender ni comprendo que, cuarenta años después, sigamos con el mismo Estado construido con los restos del franquismo perfectamente conservados en prebendas y gracias; perfectamente encajados en una democracia que, conforme mantiene a estos privilegiados y sus intereses, se resquebraja por puntales tan decisivos como la pulcritud de las instituciones, la aconfesionalidad, la libertad de expresión y los derechos humanos, universales y políticos.

Bajo los adoquines no había arena de playa. No. Sigue habiendo muertos sin identificar y familias que los buscan. Ésta es la foto de la transición que quiso ser y no fue. Todavía…

Por Ana Pardo de Vera, periodista y directora de Público.

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