50 años de mayo del 68. 25 de “Papá, cuéntame otra vez”.

ANTONIO MAESTRE

Papá, no me lo cuentes, que ya me sé el final

Del barro al dogma. Del dogma al cielo. Y del cielo al asfalto. El ciclo de ilusión de la izquierda es un bucle que nace de la miseria de la misma tierra y acaba en la miseria del mismo asfalto. Durante los procesos de ascenso y caída siempre hay pequeñas victorias que nos permiten seguir adelante. Pero no es suficiente. La vida tiene unas constantes para los que habitamos en las periferias de la precariedad: la incertidumbre y el desasosiego.

La desesperanza que emana de la canción de Ismael Serrano es aquella que nos representa a todos los que luchamos con el convencimiento de que en el fondo poco van a cambiar las cosas para nuestro beneficio. Papá, cuéntame otra vez es un reproche a aquellos que se conformaron con legar una simbología con la que adornar camisetas. La de la izquierda autocontemplativa. La canción que nos dibuja tiempos de iconos revolucionarios con los que adornar la fachada de nuestra impotencia por no ser capaces de cambiar una vida que no nos es amable. Un himno que regaña la condescendencia de la generación que nos precedió y que utilizan su relato para arrojárnoslo encima a modo de reproche. ¿Pero, y cuál es nuestro relato?

El circulo virtuoso del capital siempre acaba hundiendo la cara del que protesta en la ciénaga de las contradicciones para cegarle los ideales y transformar sus peticiones en algo más moderado y aceptable para, con una vuelta de tuerca más, acabar manipulando sus exigencias hasta favorecer los intereses adecuados, nunca los nuestros.

Debajo de los adoquines de mayo del 68 no hubo arena de playa, se escondía el ego de cada uno de los que participaron en aquellas movilizaciones tejiendo de forma inconsciente la red sobre la que conformar el mayor periodo de desprecio a los derechos colectivos. En las barricadas de París nacieron Reagan y Thatcher, porque si algo ha caracterizado las luchas estudiantes y juveniles es una efervescencia posmoderna propia de la inexperiencia que proporciona un material amorfo, modulable, que en manos expertas puede transformarse en el peor enemigo de aquellos que protestan para dejarlo en herencia a las generaciones que vendrán detrás.

Los movimientos seudorevolucionarios son aquellos que solo ocupan las calles para exigir reformas que, fríamente analizadas, tendrían que estar en cualquier programa socialdemócrata. No es su culpa, pero acaban fortaleciendo de forma irremisible lo más virulento de lo que combaten. Las peticiones, cuando son asumibles por el sistema, son el caldo de cultivo de las regresiones futuras. La efervescencia del 15M ya ha sido modulada, transformada y mutada de forma concreta en un elemento tangible de la regresión de derechos. Nunca la derecha conservadora y la derecha radical han estado más fuertes, y a la izquierda le espera una larga marcha. Mayo del 68 y el 15M han transformado sus sociedades dotando de mucha más relevancia al individualismo y sus características. Ismael Serrano podría escribir la canción hoy mismo cambiando solo unas cuantas palabras marcando como inicio el 15M.

Los gendarmes y fascistas ahora campan por las calles de Barcelona apaleando a votantes. Los nacionalistas enarbolan banderas marcando las pautas para establecer fronteras en las que el otro, su enemigo, sea el problema de todo. No ha sido muy dura la derrota porque nunca ha estado cerca la victoria. La europa esbozada en mayo del 68 ha resultado ser un virus conservador y reaccionario que se fortalece cuando se le ataca con poca fuerza, mutando y adaptandose para seguir cercenando derechos a sus huéspedes. Ya no hay antibiótico suficientemente potente para destruir lo que combatían nuestros padres y, casi inermes, nos enfrentamos a un enemigo mucho más fuerte que se divierte jugueteando con nuestros derechos. Como el gigante que juega con una lupa a quemar las hormigas que salen del hormiguero.

Nuestro relato es el de la desposesión absoluta de las expectativas, la de la vida sin seguridad que nos ha liberado de deudas heredadas de ficción simbólica para convertirse en letras hipotecarias, concretas y grotescas. Debemos a nuestras familias, a la íntima, habernos sacado de la marginalidad y que nos hayan enseñado a valernos de las migajas para arrastrarlas mucho más allá de lo que nos pretendían dar. Hemos sido usureros de los derechos sociales, rascando las monedas de los servicios públicos para hacer acopio de algún mínimo derecho. Nuestro relato ha sido el de forjarnos un futuro digno con materiales de derribo.

Papa, cuéntame otra vez fue la canción que cambió mi vida de apatía existencial en un barrio de la periferia madrileña. Esa canción me empujó a comprender la desidia como un elemento que apartar de mi vida. A entender que la política me concernía aunque fuera para no poder cambiar nada. Todos perdemos, pero los que no lo intentan tienen además que luchar con ellos mismos. Sigo perdiendo en el barro pero gracias a la canción de Ismael Serrano sonrío mientras me limpio las heridas de la derrota.

Todo sigue igual, Ismael. Las hostias siguen cayendo para quien habla de más. Ahora se buscan en redes sociales las chivos expiatorios que reprimir. Hay cantantes que entrarán en prisión. Hay políticos megalómanos que siguen en la cárcel a expensas de un juicio que ya tiene dictada la sentencia. Ahora mueren en Siria los que morían en Bosnia. Como todo sigue igual, habrá que seguir insistiendo.

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