Diario 16
2000.08.18
Ismael Serrano
Cenizas
Siempre hay un Nerón cantando en medio de las llamas. Siempre hay un culpable que sonríe y aplaude mientras arde el monte. Y casi nunca se le encuentra.
Como cada verano, el espectáculo de nuevas brasas nos ilumina y se incendian miles de hectáreas de bosque. Bosque calcinado sobre el que tardarán mucho en crecer nuevos árboles, si no lo hacen antes modernos apartamentos, totalmente nuevos, tres habitaciones, baño, muy luminoso, exterior, a escasos metros de la playa.
Ando ahora por las cenizas de los pinares del Alt Empordá. El paisaje de carbón se hunde en el mar y todo es una sombra. La tramontana levanta el polvo gris de las ramas quemadas y me hace pensar en mi última derrota, muy lejos, en mi ciudad, donde una noche ardí en otras llamas, donde una madrugada nos cubrieron las cenizas de abrazos ajenos. Pero eso es otra historia.
El desierto nos crece por momentos, consumimos los oasis cada verano y asfaltamos nuestros paraísos de forma que un día no habrá donde huir. Ni siquiera habrá dunas en las que plantar nuestras jaimas, será terreno urbanizado.
Nunca entendí esa pasión mediterránea por el fuego. El instinto atávico que empuja a quemar todo lo inflamable. Como si al quemar una hoguera también prendieran los recuerdos o la culpa. No entiendo Las Fallas, las hogueras de San Juan, los fuegos de artificio. Pero no es la hipnosis de las llamas lo que hace quemar el monte. Suele ser la recalificación de los suelos y de las almas, la especulación de los que manejan grúas y millones.
Mi abuela cuando era pequeño me decía que si jugaba con el fuego de la chimenea me mearía en la cama. En este país, la mitad de la población se levanta sobre una cama empapada.