Diario 16
2000.09.01
Ismael Serrano
El pilón
En el pilón se dibujan verdes coronas de agua y nadan sanguijuelas y renacuajos mientras las bestias beben con calma. En este pueblo también algún forastero bebió de ese agua. Alguno que venía de fuera y que fue lanzado al pilón por pasarse de listo y por venir de fuera.
En verano los pueblos se llenan de ferias. Hilos con banderitas cruzan las calles, la pólvora inunda los cielos de palmeras de colores y la gente tapa la plaza. Es entonces cuando a veces vienen las peleas. Cuando vienen los de fuera a pelear hembras, cuando los del pueblo reclaman lo suyo y se enfrentan con los de al lado, a ver quién es más hombre.
Y es que esto de la xenofobia viene de lejos, viene de los pueblos. Pueblos en los que se alimentan rencillas familiares que vienen de donde ya no regresa la memoria. Hermanos que se niegan la palabra y que no se saludan ni en la iglesia en la que coinciden todos los domingos para pedir perdón. Rencillas que alimentan las rivalidades entre vecinos que se sonríen cuando al de al lado le arde el heno.
Muchos músicos acabaron en el pilón por excéntricos en el cante y las maneras. La música no amansa a todas las fieras. El otro día a este pueblo llegó un pintor en busca de vistas bucólicas, de casas de adobe y teja con las que iluminar sus lienzos. Uno de la aldea le vio delante de un viejo portal dibujando sus aristas, sentado ante el caballete y frunciendo el ceño. El del pueblo de inmediato llamó a la Guardia Civil, para avisar de que había uno con pinta de delincuente tomando nota del paisaje. Y la Guardia Civil vino.
Si usted es de fuera y entra en el bar no se asuste si todo el murmullo de las conversaciones se apaga y todas las cabezas se giran para observarle. Salude como si nada e invite a una ronda. Pero no pierda de vista el pilón.