Diario 16
2001.04.01
Ismael Serrano
Marcos
Abandonemos de una maldita vez el hábito de la derrota. Esa tendencia romántica a convertirse en un perdedor. Procuremos que la guerrilla y nuestro sueño no se enquiste y manchémonos las manos con la responsabilidad de alcanzar la utopía, de ganar la batalla. Marcos se refugia en la universidad y su gente dice sus versos en el Parlamento. El subcomandante volverá a Lacandona sin quitarse el pasamontañas y dejando claro que quiere ganar su revolución.
Los más reaccionarios afirman que el Sub es un terrorista que merece ser encarcelado. En el otro extremo hay quien dice que Marcos ha pactado con el poder, que ya no es el mismo. Lo prefieren escondido en Chiapas o muerto y dibujado en camisetas, como el Che. Maniqueos y demagogos hay en todas partes.
Este musiquero que les habla cree que por primera vez en mucho tiempo una guerrilla hace palpable su deseo real y veraz de conseguir la dignidad para los que no tienen nada, huyendo de las actitudes tradicionales de otras guerrillas que acaban convirtiéndose en cánceres, en extremistas intolerantes.
Marcos y sus soldados son algo más que fusiles y pasamontañas, que peluches para traerse como recuerdo del último viaje a México. Son de carne y hueso. Manejan las mismas dudas que tú y que yo y tienen frío cuando cae la noche. Escriben poemas de madrugada y probablemente mintieron alguna vez a sus amantes. Son reales como los atascos en la Castellana o esta primavera en Lavapiés que hace florecer los balcones. Jodidamente reales como la calma que me das cuando te echas la siesta a mi lado o cuando me llamas por teléfono para recordarme que compre pilas. Como la certeza de que los indígenas merecen dignidad y autonomía. Como las ganas de Marcos de ganar esta batalla.