El Mundo
2008.05.04
Ismael Serrano
Mi primera guitarra
Mi primera guitarra me la compró mi madre. Aún la conservo, a pesar de los golpes que ha recibido, a pesar del clavijero atornillado a su mástil como cicatriz de una de las muchas batallas vividas.
Era mi madre la que, pendiente del despertar de mi vocación musical, estaba empeñada en apuntarme a una academia de música en Entrevías. La que cada tarde, a pesar de mis protestas, me acercaba en coche hasta allí.
Si hago repaso de la infancia, la recuerdo como una patria feliz en la que me encontraba a salvo de todo. Y en gran medida se lo debo a mi madre.
Mi madre, fue madre antes de tener a sus hijos. Cuidó de sus hermanos pequeños siendo una cría robándole tiempo a su niñez. Como tantas mujeres, como tantas madres que lo fueron antes de tener hijos, o sin tenerlos.
La verdad es que siempre la recuerdo robando tiempo a su vida para dárselo a otros. Sobre todo a nosotros. Sus hijos. Y quedan en nuestra memoria muchas deudas que a uno le parecen insalvables. Preocupada, alerta, y teniendo tiempo para todos: para nosotros, para su trabajo, para mis abuelos... Siempre previsora y en primera línea de frente ante la desgracia.
Cuando estuve en la Casa de las Madres de la Plaza de Mayo en Buenos Aires, reconocía en el brillo de la mirada de gente como Tati Almeida ese amor incondicional de una madre, que, en la dictadura argentina, empujó a todas a la calle, preguntando a las autoridades por sus hijos, y exigiendo justicia y dignidad.
Me contaban como eran sus primeras batallas. Cotidianas, pero no por ello exentas de épica. Al principio, me decían, ponían en los carteles las fotos de carnet de identidad de sus hijos. Pero la mirada protocolaria de aquel retrato carecía de luz, de la fuerza que ellas recordaban en sus hijos. Así que buscaron en casa fotos en las que sus hijos sonreían, quizá en compañía de amigos, de la mujer, de sus propios hijos... Y cambiaron sus carteles. Así los recuerdan ellas: llenos de vida, promesa de futuro.
De esta forma vencieron una de sus muchas batallas contra el olvido.
Mientras me contaban esto su mirada brillaba, a pesar del cansancio de los años y de tanta lucha.
Es ese mismo brillo cargado de cansancio que uno encuentra en Pilar Manjón. Ese empeño por tocerle el brazo al olvido. Robándole tiempo de nuevo a su vida para dárselo a su hijo desaparecido.
Mi madre me compró mi primera guitarra. Y con aquel primer instrumento aprendí que la música sirve para sentirse menos solo.
Aunque yo realmente nunca lo esté. A veces lo olvido. Lo recuerdo claramente cuando al llegar a casa de mis padres, mi madre levanta la mirada, hasta entonces sumergida en los libros de Historia que estudia y me pregunta que tal me fue la semana. Reconozco ese brillo en sus ojos, siempre pendientes, alerta, y entonces trato de devolverle el tiempo que siempre le he robado.