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Diario Público
2010.08.07

Ismael Serrano

Placas tectónicas para Europa

Alrededor de las dos de la madrugada la tierra tembló. Como si una locomotora se acercara, escuchamos crecer el murmullo de las estructuras del edificio temblando. La mesa, las sillas, todo el mobiliario vibraba. Sobre la mesa una flor cabeceaba con patética terquedad y las columnas de hormigón se mecían. La Pachamama rugió, levemente, como animal inquieto y adormecido que reacciona ante una presencia amenazadora. Esta vez no abrió las fauces.

Acabábamos de regresar al hotel después de los conciertos que ofrecimos en Concepción (Chile) y vimos cómo se movía el suelo. Apenas fue de magnitud 5,8, pequeño, nada comparable con el de 8,8 que padeció el país en febrero, pero removió en la memoria de los chilenos que nos acompañaban en el viaje el recuerdo de aquel seísmo devastador.

La sensación es de impotencia. Uno se paraliza a merced de una fuerza poderosa e incontrolable. Te vuelves pequeño y desamparado. Todo es impredecible, somos figuras de barro sometidas al ánimo de dioses caprichosos.

Al subir a las habitaciones algunos esperaban sin saber qué hacer en las puertas de sus dormitorios. Algunos lloraban, probablemente porque la réplica les condujo a algún lugar de la memoria donde todo era oscuro y pura incertidumbre.

Es curioso cómo a veces se nos habla de la crisis económica actual como si de una catástrofe natural se tratara. Se da por hecho la inevitabilidad de la crisis como si la economía fuera una fuerza de la naturaleza más, insondable, incontrolable. Así, el ciudadano se siente vulnerable, desprotegido. Porque poco se puede hacer cuando los movimientos financieros son equiparados a movimientos telúricos, y la bolsa se sacude como si el flujo de los activos fuera semejante al de placas tectónicas que se encuentran estrepitosamente.

Ocurre que de la misma forma que algunas culturas antiguas adoraron volcanes, tormentas y tornados y vieron en los temblores señales de la providencia de los dioses, se venera el sistema económico y financiero con la misma vehemencia y devoción que aquellos. Y como todas las religiones, esta es única y verdadera. Incuestionable.

Perdonen que me ponga grandilocuente, pero es casi inevitable cuando un desacostumbrado europeo como yo asiste a un evento terrible como este, en el que la Madre Tierra despierta enfurecida y nos recuerda nuestra insignificancia.

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