Diario Público
2010.08.21
Ismael Serrano
Mate
La Flaca ceba un amargo y el planeta aminora la marcha. La vida se detiene para celebrar el ritual que lleva de mano en mano la calabaza llena de yerba. El mundo entero gira su cabeza para observar a la pareja, como un girasol perezoso buscando el rostro del astro amarillo.
Es el ritual del mate una costumbre familiar, ineludible y terapéutica. Favorece la charla y la calma necesaria para hacer balance.
Beto trajo pasteles y noticias de los amigos del interior: su trabajo le obliga a viajar. La yerba es fuerte y fue desempolvada antes de verter el agua caliente. Caliente y no hirviendo, en torno a los 80 grados.
Nada más entrar Beto por la puerta, la Flaca puso la pava a calentar. Es un acto reflejo que siempre se dispara con la entrada de visitas a la casa. La bombilla de alpaca, por la que beben el agua saborizada, brilla con la mañana de invierno y besa las bocas de los contertulios, que sonríen según se van deslizando las anécdotas del viaje por la conversación.
El mate es la hoguera en torno a la cual surgen las historias y se hace análisis. Herencia de los pueblos originarios cuentan que aportaba los nutrientes que necesitaba el gaucho, que no sólo de asados vive el hombre.
En el norte de Argentina, de climas cálidos y húmedos, se toma frío y se llama tereré. Pero no es lo mismo.
En Uruguay es una obsesión casi enfermiza. Puedes encontrar en todas partes al uruguayo con su termo debajo del brazo y la bolsa en la que guardan el mate y la yerba colgada del hombro. Lo beben en la parada del colectivo, en la oficina, en el banco de la plaza, en la costanera, mirando la inmensa desembocadura del río de La Plata, gris y agitado, como el metal viejo, maltratado por los años. La yerba remueve la memoria y hace que floten recuerdos escondidos. El agua del mate también limpia las heridas.
Beto hace un alto en el relato y toma de la bombilla. La yerba quedó lavada. Perdió el sabor, así que la Flaca la renueva.
El mate, al gallego desacostumbrado, le sabe demasiado amargo. Pero a mí siempre me gustó. Porque al fin y al cabo la vida también lo es. Y el ritual atávico que reparte el amargor es entrañable. Todos beben de la misma bombilla y comparten sobremesa y vida. La Flaca sonríe: “¿Te cebo otro?”. “Dale, el último”, responde Beto, guardando en su memoria el tesoro de esa sonrisa.
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